Apolo había llegado más temprano de lo acostumbrado a la galería de práctica de tiro al arco, justo a un costado de la palestra y detrás del gimnasio. El sitio constaba de un pedazo de valle delimitado en un extremo por una serie de lineas que denotaban la distancia de tiro, y en un extremo por una serie de lineas que denotabn la distancia de tiro, y en el lado opuesto se encontraban numerosas dianas la mayoría hechas de paja y de madera. Los ojos negros, expresivos y universales de Apolo, habían centrado toda su atención en su diana favorita: un pedazo de madera pintada con círculos concentricos que colgaba de la rama seca de un árbol lejano, exactamente a 50 yardas de la primera línea de tiro
Una flecha pasó zurcando considerablemente cerca de su objetivo y eso lo hizo enfocarse en algo de lo que no se había percatado hasta ese momento: no estaba solo. Eros el Dios infante se encontraba en la galería, tan pequeño como es él con su eterna apariencia de niño, sus mejillas rosadas, su cabello encrespado y sus penetrantes ojos rosados. Su mirada normalmente coqueta se enfocaba en flechar el objetivo circular que colgaba de la rama del árbol seco. La diana era pequeña, apenas de un pie de diámetro y no tenía siquiera una saeta atravezada, más el suelo estaba poblado de torrecillas de proyectiles errados. Eros disparaba con la concentración de un profesional, pero con la punteria de un novato, provocando la risa arrogante del Dios Apolo.
Al percatarse de la presencia del dios al qu se encomendaba la buena punteria de las flechas en la guerra, el nerviosismo de Eros fue en aumento y su ya limitada puntería termino colapsándose, al punto de que una flecha perdida por poco termina atravezando a una ninfa que bordeaba el cercano bosque que ceñía a la palestra. El nombre de ella era Dafne.
Dafne iba corriendo, y la flecha de Eros había alcanzado como objetivo la espesa cabellera de la ninfa, sin hacerle ningún daño. Eros tenía sus rosados ojos abiertos como el día y en su rostro una expresión de terror y vergüenza infinita. Al lado de él, el divino Apolo reía entre dientes, y dijo por lo bajo: “Entonces realmente es cierto que eres tan buen arquero como cantante...”. Levantó la miada a la driada y le dijo:
Apolo te saluda Dafne, hija de Peneo, y te pide una disculpa en nombre del infante Eros, que ha tenido un tiro tan malo que hasta ha enmudecido de la pena.
Acto seguido Apolo tomó una flecha de su aljaba, la colocó en su hermoso y pesado arco, tensó la cuerda, entorno sus galácticos ojos y disparó un proyectil firme y poderoso que se introdujo en el centro de la diana largamente pretendida por Eros.Dafne sonrió inocentemente, se despidió desde su lugar sin perder la mirada de Apolo y desapareció tras los primeros árboles del bosque, con paso grácil y saltarín, entonando una vieja canción hacia los árboles. Eros lloraba silenciosamente de la rabia y la vergüenza, dándole la espalda a Apolo para que este no notará el alcance de su desconsuelo.
Apolo se quedó mirándolo largo rato, esperando a que este dijera alguna palabra o hiciera algún gesto. Pero notando que la posición de la pequeña deidad no cambiaría, este se retiró a buscar su lira: la tarde comenzaba a descender y era el momento ideal para ofrecer un pequeño concierto a la naturaleza. Tal vez eso provocaría que Dafne regresara...
En la tez de Eros ardientes lágrimas zurcaban su rostro como ácido, y sus diminutos nudillos se encontraban albos por la tensión de sus puños, por su coraje. Pero no dijo una palabra, no emitió ni un sonido y esperó a que Apolo se retirara para respirar libremente de nuevo y comenzar a planear su venganza. Si bien es cierto que no debería de utilizar su poder con fines egoístas o de venganza, la verdad es que Eros apenas tuvo que pensarlo para saber exactamente que tenía que hacer.
Apolo había ido a la palestra, ya con su la lira en mano, para crear la música más bella, aquella que deleita a los pájaros y a los caballos y a las flores, la luna y alos venados.
Primero se sentó y acomodó su rizado cabello negro-azulado, tocó la cuerda, luego otra, tensó una más, abrio los ojos al ocaso y al momento de cerrarlas empezó su concierto. Eros se acercó a escuchar la sagrada música, pero sus ansias de venganza eran tantas y tan frescas, que vio una oportunidad que no podía dejar pasar. Tomó su arco y una flecha de oro, especial una de sus favoritas para enloquecer de amor a cualquier ser de la tierra. Bastaba solo un roce, solo una herida para que el amor pentrara como veneno. Había tomado un cabello de Dafne, de su proyectil errado, al final tan mala no había sido su punteria y lo enredó en la dorada saeta. Espió a Apolo entre un par de arbustos cercanos y con mucha precaución para no hacer ningún ruido, levantó su arco y tensó su flecha.
Sus rosados ojos emanaban una concentración sin pecedentes, su pulso mejor que el de un galeno. La música sonaba magistralmente, la luna misma había salido prematuramente, Artemisa paseaba por el bosque. De un latigazo la flecha salió disparada a la espalda de Apolo, en el mismo momento que soplaba un viento proveniente del norte. La flecha apenas cambió su ruta incrustándose en el corazón de Apolo. El Dios desmayó en su sitio, la flecha de diluyó en la nada y Eros corrió rápidamente en la búsqueda de la ninfa.
Dafne caminaba por el bosque cantando quedamente alguna canción antigua e irreconocible. Sus delicados pies apenas tocaban el suelo, parecia que besaban suavemente la tierra. Se detuvo en un pequeño remanso donde acostumbraba bañarse, o simplemente jugar con el agua. Cantaba despreocupadamente mientras sostenía su negro cabello en sus delicados dedos haciendose una trenza. El divino eros había subido a un árbol cercano, preparándose silenciosamente para lanzar su oscura saeta. La punta y el cuerpo de plomo la habían menos manejable y para alcanzar al objetivo necesitaba estar una distancia bastante cercana.
Eros se percató de esto y al no tener margen de error, ni tiempo que perder, porque Apolo no tardaría en despertar; se bajó del árbol y empezó su avance hacía la ninfa, lo más cerca posible y siempre procurando que ella le diera la espalda. No era tarea fácil, dado que Dafne continuamente cambiaba de posición, parecía danzar mientras limpiaba su cuerpo. Eros encontró un buen refugio en un arbusto cercano, desde el cual preparó su arco, colocó la flecha y se disponía a disparar a la espalda desnuda de Dafne, cuando un trinido de un pájaro encima de Eros provocó que la ninfa volteara. La flecha se disparó con un breve chasquido y penetró en el pecho de Dafne sin dolor, ligera como un suspiro y terrible comouna epidemia, inundando al momento su corazón de desdén hacía su próximo enamorado. Una sonrisita malvada deformño el pecoso rostro de Eros, sabía que su venganza ahora estaba completa, con este par de flechazos certeros demostraba no solamente su gran capacidad como arquero, si no también quedaría demostrada la peligrosidad de sus proyectiles.
Cuando Apolo despertó, su cabeza le dolia como su le hubieran golpeado con una porra. No tenía ni la más lejana idea de lo que había pasado para que perdiera la conciencia, pero un sentimiento rosa había embargado su corazón. La imagen de la ninfa Dafne se había apoderado de su mente, súbitamente su voz se convirtió en la única fuente y su brillantes pupilas en su única luz. A poca distancia de él Dafne también despertaba, aturdida y con un amargo sabor en su paladar, su corazón ahora era duro como el diamante y negro como la ceniza.
El río Peneo corría tranquilamente en medio del bosque, siendo apenas una cinta brillante como una diadema que atravezaba la esmeralda cabellera de la conífera Gea. Dafne descanzaba en la lagunilla, el cristalino líquido acariciba suavemente sus rodillas, su cuerpo desnudo ante un ocaso moribundo, los últimos rayos dorados y escarlatas se colaban entre la alta cúpula arborea. Cantaba quedamente mientras seguía toamando el agua entre sus manos y la escurría lentamente por su curvada figura, tan inocente como sensual, con un erotismo provocativo cuidadosamente accidental.
A pesar de que apolo ya conocía a Dafne, al espiarla entre la floresta, era como su la hubiera visto por primera vez,: sus ojos se concentraron en su rostro y después en cada parte de su cuerpo semidesnudo, fragante y húmedo. Su largo cabello oscuro chorreaba sobre sus delgados hombros, sus párpados apretados por el agua, su delgada túnica blanca señida a sus senos y su cintura, la cadera curva, su feminidad a flor de piel. El pequeño remanso desprendía una paz sensual, la escasa luz licuada de los árboles apenas rozaba su carne, apenas iluminaba la escena y sin embargo, todo parecía envuelto en una neblina fulgurante y borrosa, una pintura de los sueños fébriles de Apolo.
Dafne cubrió su cuerpo con una túnica seca y suelta y los divinos ojos de él, no dejaban de contemplarla. La ninfa se sentía notablemente incómoda con la presencia de Apolo, así que empezó a caminar lejos de él. Pero a cada paso de Dafne, Apolo la alcanzaba, manteniendo siempre una sagrada distancia. Así caminaron por un tiempo, en silencio como una proseción sagrada, el rito del amor no correspondido. La paciencia de la ninfa empezaba a escasear y volteó a ver a Apolo para pedirle con voz firme y cruel que no la siguiera.
Apolo no dijo nada, no se movió, controlaba sus ansias de besarla. La figura de ambos tenuemente iluminada por un mortecino claro de luna, en la tranquilidad del bosque se podía presentir una explosión, el drama. Dafne posó sus oscuras pupilas en Apolo, el cabello de él se movía levemente por un ligero soplo de los árboles, sus galactivos ojos la contemplaban, era alto y atractivo y sin embargo ella solamente sentía una profunda repulsión hacia él y toda su persona. Entornó los ojos en una última mirada hiriente y comenzó a correr lejos de él.
Apolo reaccionó en seguida, como jalado por la misma fugitiva, seguió sus pasos sin alcanzarla, pero sin alejarse. Mientras corrían Dafne solo pensaba en como se libraría de él y Apolo deliraba en la fiebre venerea a ada paso. A pesar de que el Dios nunca había tenido la necesidad de perseguri a alguien, y menos por un bosque tan lleno de obstaculos naturales, demostró tener un gran instinto de depredador y llegó un momento en el que completamente loco por poser a Dafne, se lanzó a atraparla y no solamente a perseguirla como lo había hecho hasta el momento.
Dafne corria ahora con desesperación y saladas lágrimas en sus mejillas, los secos labios apretados, su puños contraídos, su piel sudorosa y los pies cansados. Llevaban toda la noche corriendo, esperando en vano que Apolo olvidara la idea de poserla y pudieran descansar por fin los dos de esta agotadora huida. Su agitada respiración le impedía gritar y comprendió que tampoco había nadie para ayudarla, el único sonido en el bosque era el de sus cuerpos en movimiento y el cada vez más lejano sonido del rio Peneo. Fue entonces cuando lo pensó: su padre el rio tal vez sería capaz de auxiliarla. Con un ágil movimiento de cintura esquivó los fuertes brazos de Apolo que buscaban abrazarla y detenerla, emprendiendo la marcha con hacia la fuente del cirstalino y rápido sonido del agua.
La noche comenzaba a morir y los lejanos caballos de apolo pretendían levantar al sol cuando por fin Dafne llegó a la orilla del sinuoso rio. Clamó la ayuda de su padre que seguía atentamente sus palabras en la huida. Le pidió que entrar en su interior para que Apolo ya no pudiera seguirla cobijada en sus aguas y así Dafne se adentró en él. Apolo no dudó en seguirla a pesar de los fuertes vórtices y corrientes que surgían espontaneamente alrededor de la ninfa. A pesar de que ella vadeaba con el agua en sus pantorrilas y Apolo nadaba contra duras corrientes apensa a metros de ella, el amor obsesivo del Dios era incansable y los intentos de Peneo por hundirlo y alejarlo eran infructuosos. Dafne, completamente desesperada y abrumadoramente impotente salió de los brazos protectores de su padre y Apolo con un gran esfuerzo y agilidad logró tomarla de su cintura. Dafne gritaba e imploraba por ayuda a su padre, pero fue el rostro de temor y desesperación de la ninfa lo que hizo que su padre tomará la decisión que ella aceptaría enseguida: el cuerpo de ella se fue transforamando en madera, sus delgados dedos en ramas, sus pies en raíces y su cabello en pequeñas hojas verdes. Con los primeros rayos del Sol, Apolo se encontró abrazando a un magnífico árbol de laurel. Su corazón sorprendido ya tolondrado solamente pudo descansar cuando desprendió una de las ramas y tejió con ella una corona. Ahora siempre llevaría Dafne con él, sería su flora favorita y coronaría a los mejores con ella. Se había convertido en su trofeo, su inspiración y la prueba de que el había tenido un amor imposible.
Etiquetas: escritos, uvita